Hace un par de años leí en El País a Jorge Valdano una reflexión sobre la tiranía de las estadísticas en este fútbol moderno, donde todo se mide al peso y se cuantifica. No obstante, cada vez son más los profesionales del juego —creo que Valdano también— que hacen uso de las métricas, que al deporte y a la vida han venido para quedarse.
Uno de los indicativos más en boga responde al nombre de expected goals y lo vimos sobreimpresionado en televisión un montón de veces durante el último Mundial, inmejorable escaparate para marcar tendencias.
Tal vez pudiera parecernos que este medidor de nombre anglosajón forma parte de las narrativas más recientes, pero la realidad es que lleva años entre nosotros. Ya en 2017, Arséne Wenger lo utilizó en rueda de prensa para defender que su equipo merecía haber ganado al Manchester United un partido que acabó 1-3 y en el que su equipo contabilizó 33 tiros a portería.
«Si miras los goles esperados (xG), el resultado debió ser de 5-2», reivindicó el flemático Arséne.
Los expected goals son un indicativo que revela la probabilidad de gol, esto es, los méritos contraídos para hacer traca ante el marco rival. A menudo hemos oído apoyarse también en esta métrica a Luis Enrique o Guardiola para justificar que sus equipos debieron marcar cinco goles o siete, aunque en el marcador finalmente no luciese ninguno.
Merecer mucho y no obtener nada forma parte del ADN del fútbol, donde lo maravilloso reside en lo imprevisible. Los más viejos del lugar recordarán aquí un partido del CD Tenerife que acabó en derrota pese a que el rival no le chutó ni una vez a portería.
Se llevó los puntos (entonces eran dos por victoria) el Cádiz en un duelo crucial por la salvación y fue gracias a un gol en propia meta. De Manolo Hierro, si mal no recuerdo.
Los más puristas tal vez replicarán a la dictadura de los números que esta modernidad de los expected goals es pura extravagancia. Y que los goles no se merecen, se marcan.
Estamos de acuerdo, pero frente a otros indicadores intrascendentes o pusilánimes, este sí parece absolutamente útil. Traducido a la política, viene a ser como las encuestas.
Al final los votos que valen de verdad son los que se introducen en la urna, lo que en fútbol serían goles anotados; pero nadie discute la influencia de los sondeos, que valen a los partidos para corregir su rumbo, saber si transitan por el camino correcto o si estarán próximos al batacazo en el momento en que llegue el escrutinio.
En nuestra apreciada Hypermotion, a día de hoy el equipo que mejor luce en el ranking de los expected es el Sabadell, de momento la revelación del campeonato; seguido del Andorra, que ha merecido ocho tantos y marcó siete; y del Burgos, del que se esperaban siete dianas y ha hecho cinco.
Lo que motiva esta columna y que escriba hoy sobre los xG (esta es la abreviatura oficial) es que me asomé al abismo de los números y vi al Tenerife último, farolillo rojo de los expected con tan solo 2,7 goles merecidos en cuatro partidos.
La realidad es que ha hecho cinco tantos, muchos más de los que presuntamente se le esperaban.
Visto esto, quise ir más allá y buceé en otra métrica mucho menos manoseada, tal vez porque apenas aparecía en las transmisiones del Mundial. Me refiero a los goles que cada equipo mereció recibir (xG recibidos).
Y es ahí donde el representativo figura con el cuarto mejor registro. Según las estadísticas ha sido justo que le metiesen tan solo tres goles en cuatro jornadas.
Es ahí donde radica su fortaleza. Cuesta un mundo hacerle gol al equipo de Cervera, que sabe —por las sensaciones, por el análisis interno y también por los expected goals— dónde está su punto fuerte.
Los guarismos revelan también por dónde debe progresar. Si se atiende a la estadística, el margen de mejora está en su mejorable producción ofensiva.
Al representativo le conviene generar más. Son solo números, vale, pero miente quien diga que no hace caso a los números.
Igual que en política miente quien diga que no lee las encuestas.